De Los Menucos a Roca para luchar contra el Covid, una historia de batalla

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Romina Díaz es enfermera y dejó a su familia y su pueblo, Los Menucos, para prestar servicio en el hospital López Lima de General Roca. Desde hace cuatro meses dedica su vida, de manera exclusiva, a la lucha contra el coronavirus.

Romina Díaz es enfermera y en estas fiestas, a la hora que todos llenaban sus copas, ponía un suero. Cuando algunos abrían regalos de Papá Noel, ella medía saturación, en el momento preciso que la mayoría abrazaba a sus seres queridos, ella acompañaba a sus pacientes y, como todos, Romina a las 12 pedía un deseo: que se cuiden para detener los contagios de covid, que comenzaron a crecer nuevamente.

Las fiestas de fin de año se celebraron en cada hogar del país pero los trabajadores de la salud permanecieron en los hospitales, enfrentando una lucha que lleva nueve meses. Desde que comenzó la pandemia, la Salud Pública provincial respiró gracias al sacrificio de sus profesionales y Romina es uno de los ejemplos.

Hace cuatro meses, esta enfermera dejó a su familia en su pueblo, Los Menucos, para estar en el frente de batalla. Llegó en septiembre al hospital López Lima de General Roca y, como sus colegas, desde ese momento no tuvo descanso.

Hablar con ella lleva unos días de coordinación, porque siempre está en el trabajo. Son pocas las horas disponibles que, sin elección, están destinadas al descanso. Pero después de pasar Nochebuena y Navidad en el hospital, atiende el teléfono mientras prepara las cosas para viajar a ver a su familia por unos días.

Animada relata que tiene 35 años, trabaja en Salud Pública desde hace 15 y hace muy poco terminó la licenciatura en enfermería. Estudió en Cipolletti y luego se fue a vivir a Los Menucos. Desde allí, a mediados de año, comenzó a ver que la situación se complicaba cada vez más y pensó que la necesitaban.

En Los Menucos la esperan su marido y sus dos hijos: Sigrid de 10 años y Mateo que cumplió 5 hace unos días. Fotos: Juan José Thomes.

“Mucha gente no entendía la decisión que tomaba. Estaba en un Centros de Atención Primaria (CAP) y sentía que podía ser más útil en otro lugar, con más demanda, dónde pedían gente todo el tiempo. Recibí el apoyo de mi familia, mi esposo Nazareno Tscherig, mi hija Sigrid de 10 años y Mateo que cumplió 5 hace unos días. Sin la ayuda de ellos no podía hacerlo”, dijo.

Se comunicó con sus colegas de Roca y desde el departamento de enfermería se hizo un acta acuerdo para que pueda trabajar durante el tiempo que durara la pandemia. El 14 de septiembre llegó y se encontró con un panorama caótico. Todo estaba saturado.

El grupo humano que la recibió fue excelente, dijo. Los primeros 15 días hizo una adaptación en el servicio intermedio de mujeres. Ella venía de una complejidad 3 y el trabajo era otro, muy diferente.

Luego pasó al servicio en la Unidad de Vigilancia Intensiva 2, que se abrió en pandemia, cuando se reorganizó la estructura hospitalaria. Ya no había camas, se hacían giros constantemente para poder cubrir la demanda. El servicio atiende a pacientes adultos y con covid. En octubre y parte de noviembre el trabajo allí fue muy intenso y con mucha complejidad.

Romina llegó en septiembre al hospital López Lima y, como sus colegas, trabaja sin descanso. Fotos: Juan José Thomes.

“Tiene 17 camas y los pacientes están ahí antes de la terapia. Nuestra misión sacarlos antes de que pasen a terapia. Porque como la mayoría sabe, los que pasan, tienen pocas chances de salir. Le metemos toda la garra”, dice Romina.

En medio de la vorágine aprendió un montón de procedimientos y descansó poco. Si bien pueden cubrir como máximo 16 horas y deben tener 8 de descanso, en plena crisis pasaron tres o cuatro días de 16 horas.

“Es como que no me di cuenta como pasó el tiempo tan rápido, hasta ahora que comienzo a procesarlo. Llegué a hacer tres o cuatro días seguidos de 16. Las 8 horas de descanso, entre que te desinfectas, llegas a casa, te bañas, a veces parecían nada”.

Romina cuenta que trabajó con personal de pediatría, que de repente pasó a atender adultos con covid. Con los especialistas que también estaban entregando todo.

Fotos: Juan José Thomes.

“Un paciente con covid es particular porque está sumamente asustado, aislado, con falta de aire. Solo ellos saben lo que viven pero es un momento muy feo y los enfermeros son claves en el acompañamiento. En despejarle las dudas, en hablar con ellos, hacer de nexo con la familia”, dice y cuenta que cuando llegaba alguien de la Línea Sur los recibía de manera especial. “Me siento identificada con ellos, por su carácter por su forma de ser, así que intentaba acompañarlos”, dice.

Cuando empezó el brote hubo más contagios entre el personal. Cuando ella llegó, el sistema ya estaba más aceitado. De todos modos fue muy cuidadosa para no contagiarse.

En estos días de fiestas de fin de año, ellos viven algo mas parecido a Halloween. Hubo dos semanas a fines de noviembre que sintieron un respiro, que había camas disponibles pero en los últimos diez días ven como se revierte.

Para los profesionales, es imposible separar a la profesión de las personas. Como sostiene Romina, los enfermeros están en los nacimientos y en las muertes y es muy movilizante. Los momentos duros los vivió al recibir al papá de un amigo, o una persona querida.

Fotos: Juan José Thomes.

Por estos días Romina volvió a casa con una licencia especial a pasar fin de año, pero antes de partir, se puso la vacuna. “Tuve la suerte de estar en el primer listado. Veo esto como una luz de esperanza. Confío plenamente en que funcione, y que pronto podamos hacer una vacunación masiva. Esperamos que toda la población se vacune”, dice.

Antes de despedirse cuenta que le gustaría volver los primeros días de enero a trabajar en el lugar que está. El sacrificio siente que es mucho, pero también la recompensa.

“El premio es verlos salir de alta. A veces nos acordamos, ‘viste tal como llegó y salió’. Sentimos que son nuestros logros. Es nuestra recompensa y también vivimos la tristeza cuando no lo logran”, concluye.

Fuente: Diario Río Negro.

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