La política, la ética y el poder. Hay que escuchar la voz de las urnas y estar a la altura de las circunstancias

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Por Jorge Castañeda, escritor de Valcheta.

La ensayista Angelina Uzin Olleros en un interesante ensayo sobre el tema de esta nota escribió que “la relación o vinculación entre la política, la ética y el poder, hacen referencia al carácter social de los seres humanos. Como animal social, el hombre necesita de los otros, es conviviente, puede auto-comprenderse en la medida que es considerado por otro que lo afirma o niega en su existencia, que lo incluye o lo excluye del grupo o la institución en la que debe desarrollarse y vivir”.

Y para sociedades crispadas como la nuestra expresa lo siguiente: “El antagonismo es la rivalidad tenaz que se sostiene ante otro que se considera enemigo, en la esfera política puede plantearse la misma como la resolución de conflictos en términos de amigo-enemigo para evitar el choque, el enfrentamiento; al borde la política, su fin o fracaso está en la guerra. En la esfera propiamente ética, se puede abordar la propuesta de una ética del cuidado, orientada a reflexionar acerca de la resolución pacífica de los conflictos, aprender a dirimir las contiendas en términos argumentativos o de tramitación jurídica”.

La política, la ética y el poder deben estar presentes con cierto equilibrio para el beneficio de los ciudadanos. No se entiende una sociedad que no las conjugue armoniosamente.

Para eso debe existir lo que en este país falta: el pluralismo. Para Chantal Mouffe “la cuestión del pluralismo no puede separarse de la del poder y del antagonismo, inextirpables por naturaleza”.

Aristóteles supo decir que “la ética culmina en la política” y el sentido final de la política es la libertad.

Ahora bien, para Arendt “el poder termina donde comienza la violencia y tramitar el poder en términos políticos significa evitar la violencia.

De allí la importancia de que nuestros políticos sean capaces de aunar el uso de ese poder que se les delega, pero limitado por una conducta ética que preserve al ser humano y su dignidad como eje de su accionar político.

Tanto el poder, como la ética, son necesarios en la actividad política porque la humanizan y como buenas herramientas le permiten a los gobernantes la resolución de conflictos sociales y muchas veces si saben atender a sus conceptos los previenen. Y lo que deberían olvidar nunca en esta Argentina decadente es el axioma de Moisés Naím: “El Poder es cada vez más fácil de obtener, más difícil de usar y más fácil de perder”.

Vivimos tiempos difíciles porque esos conceptos básicos han perdido su vigencia liminar y un poder mundial detrás de los poderes locales con desembozada prepotencia ejecuta sus políticas inmorales donde el ser humano es solamente un número, un insecto, o sea han logrado la cosificación del hombre, rebajando a un mero objeto que ni siquiera cuenta.

Las elecciones, sean las PASO o las de cualquier tipo, (que para Borges eran un “caos provisto de urnas electorales”, parafraseando a su admirado Carlyle), son la voz del pueblo y el único día que este es soberano para decidir su destino.

¿Los candidatos entenderán el mensaje de las urnas? ¿Estarán a la altura de las circunstancias? ¿Saldrán de su jaula de oro?

Pero la pregunta más importantes en la presente coyuntura ¿Puede haber una solución para los problemas argentinos?

Cuenta Eloy Martínez que en su casona de Bahía Blanca ante este mismo interrogante Ezequiel Martínez Estrada, decepcionado “negó todas las salidas a las tragedias argentinas. Para encontrarla se debería conocer el mapa de la cárcel donde estamos confinados. Si lo tuviéramos, podríamos matar al gendarme. Pero no hay mapas. Quizá ni siquiera hay gendarmes. Todo lo que nos queda, entonces, es sentarnos a la puerta de nuestra celda y ponernos a llorar”.

Esperemos por el bien de todos que así no sea, que como al gran Alejandro Magno nos reservemos para nosotros la esperanza.

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